Sorolla en Fundación Bancaja, luz mediterránea en pausa

No entré por afinidad previa ni por una admiración construida en el tiempo. Me la encontré paseando por Valencia y entré por curiosidad, casi como se entra en algunos lugares cuando la ciudad te los pone delante en el momento justo. Sorolla no ha sido nunca uno de esos artistas que hayan marcado especialmente mi mirada, pero la exposición de Fundación Bancaja tiene algo inmediato: un montaje limpio, sobrio y muy bien medido, capaz de acompañar la obra sin estorbarla. La muestra, además, reúne un conjunto excepcional de piezas procedentes del Museo Sorolla de Madrid, desplazadas temporalmente a Valencia por el cierre del museo para su ampliación y rehabilitación.

Lo primero que aparece no es tanto el peso histórico del nombre como una atmósfera perfectamente reconocible. Enseguida están ahí la luz, el blanco, el movimiento de las telas, los azules, esa manera tan directa de llevar la pintura hacia una idea muy concreta del Mediterráneo. Más que descubrir algo inesperado, la sensación es la de confirmar una iconografía que sigue funcionando con enorme claridad visual. En ese sentido, la exposición resulta muy accesible y muy coherente: deja ver por qué Sorolla ocupa un lugar tan relevante en la pintura española y, de manera más natural todavía, en el imaginario valenciano.

No es una exposición a la que yo hubiera ido de forma deliberada, ni una de esas que nacen de una relación profunda con un artista. Pero precisamente por eso entra bien en el archivo: por el hallazgo casual, por la calidad del montaje y por esa capacidad de recordarte, sin demasiada retórica, que hay obras que siguen sosteniéndose sobre algo muy simple y muy difícil a la vez: una luz propia.