Lo primero que aparece no es tanto el peso histórico del nombre como una atmósfera perfectamente reconocible. Enseguida están ahí la luz, el blanco, el movimiento de las telas, los azules, esa manera tan directa de llevar la pintura hacia una idea muy concreta del Mediterráneo. Más que descubrir algo inesperado, la sensación es la de confirmar una iconografía que sigue funcionando con enorme claridad visual. En ese sentido, la exposición resulta muy accesible y muy coherente: deja ver por qué Sorolla ocupa un lugar tan relevante en la pintura española y, de manera más natural todavía, en el imaginario valenciano.