Lo que descubrí allí no era únicamente una exposición bien montada, sino un proyecto más complejo y más interesante. Gärna no se define solo desde el arte, sino desde una mirada interdisciplinar en la que arquitectura, interiorismo y galería forman parte de un mismo lenguaje.
La exposición que vi reunía a Verónica Mar y Fernando de Ana. En las piezas de Mar había una relación muy limpia entre volumen, materia y delicadeza. En las de Fernando de Ana, una intensidad más luminosa y más física, construida desde la geometría, la resina y ciertos efectos iridiscentes que hacían que las obras cambiasen con la luz y con la distancia. Eran lenguajes distintos, pero convivían muy bien dentro de ese universo visual tan medido.
Todo estaba cuidado con muchísima precisión: la disposición de las obras, las esculturas sobre las mesas y en pared, los libros, los catálogos, las tarjetas, los dosieres. Detrás había algo más que una sala de exposiciones. Se percibía la mano de un estudio acostumbrado a pensar el espacio entero, a entender que la identidad no termina en una obra colgada sino que se prolonga en el mobiliario, en el color, en la luz, en la gráfica y en la forma de recibir.
La persona que me enseñó el proyecto también formaba parte de esa coherencia. Me explicó el espacio con una mezcla muy poco frecuente de sensibilidad, educación y entusiasmo sereno. Y eso me hizo pensar inevitablemente en la visión de su fundadora. Sin haberla conocido, era fácil percibir que detrás de Gärna hay una manera muy clara de entender cómo pueden convivir distintas disciplinas sin estorbarse entre sí, elevándose unas a otras. Ahí está, para mí, una de sus mayores virtudes.