Antoni Tàpies en Valencia, o cuando la materia también guarda memoria

Valencia deja que su vida cultural aparezca en mitad de cualquier día. Después de muchos meses viviéndola entre Asturias y el Mediterráneo, sigo descubriendo una ciudad luminosa, abierta y de escala humana. Sus museos y su agenda importan, pero también la convivencia cotidiana entre diseño, arquitectura, arte, libros y gastronomía.

Vivimos en Russafa, un barrio donde esa energía creativa se percibe constantemente en las galerías, en los estudios, en los locales, en las librerías y en esa mezcla tan viva de culturas, estética y movimiento. Pero esta vez el encuentro llegó fuera del barrio, caminando por una zona más comercial del centro, cuando me encontré por casualidad con el anuncio de una exposición dedicada a Antoni Tàpies en Fundación Bancaja. No iba a verla ni la estaba buscando. Entré por curiosidad, sin planificación.

Un artista que siempre estuvo cerca

Antoni Tàpies forma parte de mi paisaje visual desde hace muchos años. Apareció muy pronto, en los inicios de mi interés profundo por el arte, como uno de esos nombres a los que uno vuelve sin necesidad de explicarse demasiado. Lo seguí en libros, en publicaciones, en exposiciones, en visitas a Barcelona y a su fundación. Siempre me atrajo su lenguaje, esa mezcla tan suya de materia, signo, silencio, herida y presencia. Una obra que no necesita imponerse para quedarse dentro.

Esta visita me acercó a una dimensión más íntima de Tàpies. Las obras, los textos y los materiales de la exposición mostraban al artista consagrado junto al hombre, su estudio y la vida cotidiana alrededor del trabajo. Ese enfoque doméstico me interesó porque rebajaba la monumentalidad sin reducir la obra.

En mi caso, Tàpies ha sido una referencia admirada y una presencia vivida. En una etapa de mi vida en la que pude empezar a construir una colección con cierta libertad, compré varias obras suyas. Una de ellas me ha acompañado en todas mis casas y en todos los lugares importantes de mi vida, siempre en un lugar preferente. Durante años estuvo ahí como una certeza visual, muy ligada a mi vida, aunque yo no entendiera del todo por qué. Con el tiempo comprendí que la relación con esa obra había cambiado conmigo.

La ciudad, el azar y la huella

La exposición confirmó dos cosas: el privilegio cotidiano de vivir en Valencia y el lugar que Tàpies ocupa ya en mi memoria. Encontrarlo por azar en Fundación Bancaja reunió ambas.

La obra de Tàpies sigue cambiando con el paso del tiempo. Primero fue intuición y compañía; años después empezó a devolverme preguntas sobre mi propia vida. Por eso vuelvo a ella siempre que puedo, incluida la pieza que ha viajado conmigo de casa en casa.