Antoni Tàpies forma parte de mi paisaje visual desde hace muchos años. Apareció muy pronto, en los inicios de mi interés profundo por el arte, como uno de esos nombres a los que uno vuelve sin necesidad de explicarse demasiado. Lo seguí en libros, en publicaciones, en exposiciones, en visitas a Barcelona y a su fundación. Siempre me atrajo su lenguaje, esa mezcla tan suya de materia, signo, silencio, herida y presencia. Una obra que no necesita imponerse para quedarse dentro.
Esta visita me acercó a una dimensión más íntima de Tàpies. Las obras, los textos y los materiales de la exposición mostraban al artista consagrado junto al hombre, su estudio y la vida cotidiana alrededor del trabajo. Ese enfoque doméstico me interesó porque rebajaba la monumentalidad sin reducir la obra.
En mi caso, Tàpies ha sido una referencia admirada y una presencia vivida. En una etapa de mi vida en la que pude empezar a construir una colección con cierta libertad, compré varias obras suyas. Una de ellas me ha acompañado en todas mis casas y en todos los lugares importantes de mi vida, siempre en un lugar preferente. Durante años estuvo ahí como una certeza visual, muy ligada a mi vida, aunque yo no entendiera del todo por qué. Con el tiempo comprendí que la relación con esa obra había cambiado conmigo.