Eso es, precisamente, lo que lo vuelve interesante. No tanto por la promesa de exclusividad, que hoy casi todos los proyectos saben escenificar, sino por la contundencia con la que aquí se lleva una idea hasta el final. Hay algo casi teatral en esa acumulación de botellas, en las alturas, en la manera en que el espacio se ordena para transmitir reverencia. No pretende ser discreto. Pretende impresionar, envolver, construir un universo propio para quien entiende el vino como objeto de placer, de cultura y también de identidad. Esa falta de pudor, cuando está bien ejecutada, tiene algo admirable.
Viéndolo vacío, con calma, sin ruido, pensé que quizá ahí reside parte de su fuerza. Más que un lugar para tomar una copa, The Library funciona como una declaración de intenciones. Como una de esas fantasías ambiciosas que solo tienen sentido cuando alguien decide no hacerlas a medias. Y en ese exceso controlado, tan madrileño y tan escénico, hay algo que merece ser mirado de cerca.