Memoria Gráfica enseña una relación cotidiana con la obra. Su escala mínima y su mezcla de almacén, gabinete, oficina y escaparate cambian la distancia: aquí se mira de cerca, dentro de un espacio de trabajo real.
Quizá por eso me interesa tanto. Porque se parece más a un estudio que a una galería. Más a la parte de atrás que a la fachada. Y a mí siempre me ha fascinado precisamente eso: los rincones donde las obras descansan, donde los papeles se apilan, donde aparecen revistas, documentos, marcos, pruebas, restos de conversación y de criterio. Todo aquello que normalmente queda fuera de escena y que, sin embargo, suele contener la verdadera atmósfera de un proyecto.
En mi caso, además, hay un reconocimiento inmediato. Memoria Gráfica me interesa porque dialoga de forma directa con un espacio que forma parte de mi mundo: un lugar íntimo, no abierto del mismo modo a la calle, pero atravesado por esa misma lógica de archivo vivo, de acumulación cuidada, de convivencia real con las obras. Por eso lo siento cerca de The Collector: confirma una sensibilidad que ya existe en el proyecto.