Creo que empecé a ir entre 2012 y 2013, y repetí varias ediciones después. Algunos viajes los hice completamente solo. Cogía un avión entre semana, llegaba a París y me regalaba dos, tres o cuatro días de una concentración absoluta: feria, galerías, paseos, librerías, cafés, más feria. Había algo muy hermoso en esa soledad elegida. Después de pasar horas mirando obra, salir a caminar por París tenía casi el mismo valor que estar dentro. La ciudad prolongaba el estado interior al que te había llevado la feria.
Lo que me impresionaba no era solo la calidad, sino la escala. No era una exposición concreta de un fotógrafo al que admirabas. Eran pasillos y pasillos y pasillos donde convivían nombres míticos, registros distintos, épocas distintas, sensibilidades distintas. Ahí estaban las imágenes que yo había perseguido durante años en libros y revistas: Peter Lindbergh, Annie Leibovitz, Mario Testino, Helmut Newton, Nick Knight, Paolo Roversi, Ellen von Unwerth, Mondino. No como referencias abstractas, sino como piezas físicas, medidas, editadas, con precios, con presencia, con peso. Paris Photo comenzó en el Carrousel du Louvre y después pasó al Grand Palais, un movimiento que ayudó a consolidar todavía más su dimensión internacional.
Para mí aquello confirmaba algo esencial: la fotografía de moda podía ocupar un espacio legítimo dentro del arte y del coleccionismo. Esa certeza venía gestándose desde mucho antes, en los años en los que viajaba a Berlín para ver Camera Work o el universo Helmut Newton, o a Londres para entrar en exposiciones que en España parecían impensables. Camera Work, fundada en 1997, se convirtió en una de las galerías europeas de referencia en fotografía, y la exposición Story Teller de Tim Walker en Somerset House, celebrada entre 2012 y 2013, era otra prueba de que fuera de aquí ese diálogo entre moda, imagen y arte estaba vivo y reconocido.
Mirando hacia atrás, todo parece bastante claro. Aquellos años de estudio obsesivo, los viajes, las ferias, las exposiciones, las librerías, incluso la frustración de no poder comprar casi nada, fueron uniendo los puntos. Toda esa investigación autodidacta no solo alimentó mi mirada, sino que más tarde me sirvió para impartir yo mismo clases de Comunicación y Fotografía a alumnas de tercero de moda en ESNE, entonces centro adscrito a la Universidad Camilo José Cela. Yo no venía de una formación académica en ese lugar: llegué allí con un recorrido propio, construido a base de curiosidad, búsqueda y años de inmersión personal en la imagen. No podía llevarme aquellas obras, pero siempre encontraba otra forma de acercarme a ellas: un catálogo, un cartel, un libro. Así creció mi colección. Y también una manera de mirar que, con el tiempo, acabaría empujándome a convertir una galería en Gijón en una fotogalería y a organizar exposiciones desde esa misma convicción.