Mi relación con TASCHEN venía de mucho antes de ese día. Venía de años de mirar sus libros como quien mira un territorio posible. De comprarlos, coleccionarlos, estudiarlos. De entender que allí no solo había publicaciones, sino una manera de dignificar la fotografía, el arte y la cultura visual con una ambición poco frecuente. Y también, en mi caso, de haber trabajado sus títulos en España dentro del universo de The Collector, incorporándolos como parte natural de una forma de vivir y compartir la belleza.
Por eso aquella visita tuvo algo especial. No fue simplemente entrar en una tienda bonita. Fue ver cómo un proyecto editorial podía convertirse en espacio físico sin perder intensidad. Las imágenes enmarcadas, las art editions, los lomos perfectamente elegidos, la madera oscura, la iluminación precisa, la sensación de gabinete contemporáneo más que de librería convencional. Todo estaba colocado de una manera que no imponía, pero sí marcaba una dirección. No se trataba de vender libros sin más. Se trataba de construir atmósfera.
Y eso fue probablemente lo que más me impresionó. Que el lugar no celebraba solo el objeto, sino el criterio. En una zona mundialmente asociada a las grandes casas de moda, hoteles y restaurantes de alto nivel, TASCHEN lograba sostener un lenguaje propio, igual de sofisticado, pero desde la cultura visual y la edición. Rodeo Drive y su entorno han hecho de la arquitectura de boutique y de la experiencia de marca parte de su identidad, y precisamente por eso encontrar allí una casa para los libros tenía algo profundamente inspirador.
Aquel día lo disfruté muchísimo porque se juntó todo: Los Ángeles, la campaña, mis referencias vitales, el deseo de construir lugares con alma y esa intuición de que The Collector no era una rareza privada, sino una sensibilidad que también existía en otros lugares del mundo, desplegada con convicción y belleza. TASCHEN, en aquel rincón de Beverly Hills, no me pareció solo una librería. Me pareció una prueba.