Lo que más me impresionó de aquella visita fue encontrar físicamente algo que hasta entonces pertenecía casi al terreno de la imaginación: las ediciones de artista que unían libro y obra firmada dentro de una misma propuesta. Ese gesto lo cambiaba todo. El libro dejaba de ser únicamente un contenedor de imágenes para convertirse en una pieza más dentro del ecosistema del coleccionista.
Con el tiempo he visitado otras tiendas de TASCHEN, y también otros espacios que se mueven en esa misma frontera entre librería, galería y lugar de culto visual. Pero Londres fue la primera. Y eso le da un peso distinto. Fue el lugar donde vi con claridad cómo una editorial podía construir atmósfera, relato y deseo alrededor de la fotografía, no desde la teoría sino desde la puesta en escena.
Además, aquella visita coincidió con el lanzamiento de un libro de Mario Testino. Había una campaña de comunicación muy presente alrededor de su figura, de su obra y de su universo visual, y todo eso reforzaba aún más la sensación de estar entrando en un espacio donde los libros no se alineaban simplemente en estanterías, sino que formaban parte de una narrativa mayor. Una narrativa hecha de imágenes, nombres propios, edición exquisita y una cierta idea del glamour entendido como cultura visual.
Para mí, aquella tienda fue exactamente eso: el primer lugar donde TASCHEN dejó de ser solo una editorial admirada y pasó a convertirse en experiencia.