Julia de la Rosa, o la rara fortuna de encontrar a alguien para siempre

A veces una exposición no abre solo una sala. Abre una memoria. Me ocurrió con Dual, la primera exposición de fotografía de Julia de la Rosa junto a Paco Periñán en el Colegio de Arquitectos de Cádiz. No estuve allí físicamente, y sin embargo la viví con una intensidad difícil de explicar. La seguí casi desde dentro: el proceso, las decisiones, el montaje, las imágenes que me iba enviando Julia, el streaming de la presentación, la conversación posterior, la belleza serena de todo lo que iba tomando forma.

La muestra era, por supuesto, una celebración de dos miradas. La de Julia, siempre elegante, precisa, silenciosamente poderosa. Y la de Paco, compañero de vida, cómplice creativo, presencia esencial también en esta etapa. Todo parecía colocado desde un lugar muy raro hoy: el del gusto verdadero, el de la sensibilidad que no necesita exagerar para imponerse.

Pero para mí Dual era también otra cosa. Era la ocasión perfecta para escribir, por fin, sobre Julia. No solo sobre su obra, ni siquiera solo sobre su sensibilidad, sino sobre algo mucho más difícil de nombrar: la huella que deja en una vida una persona que aparece un día y ya no se va nunca.

"La conversación que empezó en 2007"

Conocí a Julia en 2007, en una campaña de Reale Seguros. Yo era casi un niño, o al menos así me siento al recordarme entonces, entrando en una división nueva de la publicidad y de las producciones grandes, después de haber empezado ya a hacer mis primeros trabajos con la agencia y con la fotografía. José Luis Zamorano, que en aquel momento me dio puerta de entrada a otro nivel creativo de proyectos, me había llevado a ese universo de campañas más complejas, más ambiciosas.

Y allí apareció Julia.

No fue una aparición estridente. Fue algo más fino, más difícil de olvidar. Recuerdo su estilo afrancesado, su manera de moverse, su educación, su carácter potente y al mismo tiempo acogedor, su sentido del humor, su forma de dirigirlo todo sin perder delicadeza. Era la realizadora, la mujer que sostenía la pieza, la mirada, la orquesta completa. Pero también fue, desde el primer momento, alguien que me hizo sentir recogido. Me vio. Y eso no sucede tantas veces.

Lo extraordinario vino después. Desde el día siguiente empezamos a escribirnos por mail. Y lo que comenzó allí no fue una relación profesional al uso, ni una amistad convencional, ni uno de esos vínculos que dependen de la frecuencia o de la utilidad. Ya en aquellos primeros correos aparecía una profundidad que me desarmó. Hablábamos de armonía, del dolor, del alma, de la esencia, de cómo algunos artistas crean desde una herida y otros desde un estado de belleza interior. Yo no estaba acostumbrado a ese tipo de conversación con esa intensidad, con esa naturalidad, con ese nivel de verdad.

A partir de ahí llegaron los trabajos compartidos, los encuentros en Madrid, los paseos, las comidas, las largas conversaciones. Pero, sobre todo, llegó algo menos visible y mucho más importante: una complicidad que no ha dejado de crecer en casi veinte años. Julia ha estado presente en muchos inicios míos, en muchas ideas, en muchos momentos de entusiasmo, de duda, de dolor y de reconstrucción. Ha sido confidente, consejera, compañera de pensamiento, colaboradora en proyectos como IMILOA o Miradas, y una de esas pocas personas con las que no hace falta ponerse al día para seguir estando cerca.

Hay relaciones que no caben en ninguna categoría conocida. No son exactamente familia, ni amistad, ni colaboración, ni memoria romántica de una época. Son otra cosa. Un lugar compartido. Una frecuencia. Una certeza. Julia ocupa para mí ese territorio.

"La artista que no necesita exhibirse"

Siempre he pensado que Julia es artista con todas las letras. Lo era en su trabajo comercial, cuando convertía una pieza publicitaria en una coreografía de luz, texto, música y silencio. Lo era en sus bodegones, que nunca se quedaban en fotografía de objeto, sino que parecían rozar la pintura, el claroscuro, una forma muy íntima de renacimiento. Yo no he conocido a nadie con esa capacidad para hacer que una composición, una flor, una sombra o un alimento entren en otro tiempo.

Tal vez por eso Dual tiene algo tan bello. No solo porque confirma públicamente esa dimensión artística que siempre vi en ella, sino porque la hace aparecer sin traicionarla. Julia nunca ha sido una persona de exhibirse, de venderse, de buscar foco. Su verdad está en otro sitio: en la mirada, en la exigencia, en la intimidad, en la belleza trabajada hasta que parece natural.

Y, sin embargo, siento que todavía queda mucho por desplegar. Más exposiciones. Quizá un libro. Quizá nuevas formas de revelar todo lo que su obra lleva años guardando. Ojalá ocurra. Ojalá siga ocurriendo. Y ojalá yo siga estando ahí para verlo, con la gratitud profunda que se siente hacia quienes, además de crear belleza, te acompañan la vida entera sin ruido y sin condición.