Helmut Newton en Berlín, o el poder de una mirada que sigue incomodando

En mis primeros años de investigación fotográfica, Helmut Newton se convirtió en una referencia permanente. Me atraían la potencia de sus imágenes y la claridad brutal de una voz visual imposible de confundir. Su universo erótico, sofisticado y provocador no dejaba indiferente. Sigue sin hacerlo hoy.

Las dos veces que he estado en Berlín visité su fundación. Era casi inevitable. En una ciudad que ya de por sí tiene algo severo, elegante y lleno de memoria, entrar en aquel edificio y encontrarse de pronto con esos grandes formatos de mujeres desnudas, apenas vestidas con unos tacones y una actitud rotunda, tenía algo de declaración de principios. Newton seguía presente en la escala y la actitud de aquellas imágenes.

Me impresionó desde el primer momento la escala. Sentí que entraba en el territorio completo de una vida convertida en obra, más amplio que una exposición temporal.

Un hombre entrañable, una fotografía feroz

Siempre me llamó la atención la distancia entre Helmut Newton y sus fotografías. En algunos autores, la manera de hablar, vestir o moverse parece continuar la energía de su obra. Con Newton yo percibía una distancia. Al contrario. Cuando empecé a leer sobre su vida, y más tarde cuando vi imágenes suyas ya mayor, encontraba a un hombre casi entrañable, incluso sereno, muy lejos de la violencia elegante, el riesgo sexual y la teatralidad desafiante de muchas de sus imágenes.

Quizá por eso me interesó tanto. Porque detrás de aquella apariencia había una imaginación radical. Una forma de mirar capaz de construir escenas cinematográficas, tensas, ambiguas, a veces incómodas, siempre reconocibles. Mujeres con poder, distancia y un erotismo afirmativo, ajeno a la necesidad de agradar. Fotografías que parecían venir de un lugar muy libre, pero también muy preciso. Nada había en ellas de improvisación ingenua. Todo era intención, control, puesta en escena.

La fundación me permitió comprender la magnitud real de esa trayectoria. Junto a las imágenes icónicas estaban el archivo, los carteles, las publicaciones y la huella de su estudio. Ese conjunto mostraba una vida entera dedicada a construir un lenguaje propio: un universo completo, con mucha más amplitud que una sucesión de buenas fotografías.

Poco después de volver de aquel viaje me compré la edición pequeña del Sumo de Taschen. No sentí la necesidad de tener la gran edición de coleccionista, como sí me pasó con otros fotógrafos, pero sí quise llevarme esa obra a casa. Tenerla cerca. Volver a ella de vez en cuando. Como quien conserva una conversación importante.

Una influencia que no se desgasta

Con el tiempo uno entiende que no todos los referentes permanecen del mismo modo. Algunos se quedan ligados a una etapa. Otros, en cambio, siguen activos dentro de ti aunque pasen los años. Helmut Newton, para mí, pertenece a ese segundo grupo.

Sigue inspirando por la decisión con la que construyó una estética propia, incluso cuando resultaba incómoda. Porque construyó una estética propia hasta el extremo. Y porque, más allá del escándalo, supo convertir la provocación en lenguaje. Visitar su fundación en Berlín fue confirmar que ciertas miradas no envejecen: simplemente siguen interpelándonos desde otro lugar.

En Newton siempre hubo exceso, riesgo, sofisticación y un punto de locura. Esa combinación mantiene su obra activa dentro de mis referencias.