En las entrañas de Staley-Wise, con Patrick Demarchelier al fondo

Desde hace años, antes de viajar a una gran ciudad, suelo buscar galerías donde pueda encontrarme con la obra de algunos de los fotógrafos que han construido mi educación visual. Me ocurre en París, en Londres, en Berlín, en Los Ángeles. Busco lugares donde pueda ver las imágenes y acercarme, aunque sea por un instante, al mundo que las hizo posibles.

En uno de mis primeros viajes a Nueva York, después de recorrer con Claudia las calles de SoHo con esa mezcla de excitación y atención que provoca una ciudad tantas veces imaginada, encontré Staley-Wise Gallery. La exposición reunía obra de Patrick y Victor Demarchelier, y solo esa coincidencia ya justificaba la visita. Lo que recuerdo de verdad es aquel tercer piso de Crosby Street: un interior silencioso dentro del ruido mítico de Manhattan.

Donde las obras esperan

La exposición, presentada en Staley-Wise entre febrero y abril de 2023, proponía un diálogo natural entre padre e hijo. Patrick aparecía ahí como lo que ya es en la historia de la imagen: una figura decisiva de la fotografía de moda contemporánea, con décadas de trabajo para Vogue, Harper’s Bazaar, Vanity Fair y campañas para algunas de las grandes casas de lujo. Victor aparecía como una continuidad serena: había heredado una sensibilidad y la llevaba hacia su propia forma de elegancia.

Si soy honesto, me atrapó tanto lo colgado en las paredes como todo lo que convivía alrededor: zonas de paso, mesas de trabajo, cajoneras etiquetadas, marcos apoyados, obras esperando su turno, bibliotecas y un taller silencioso. Siempre me interesa esa belleza en reposo, los espacios de trabajo donde el gusto adopta una forma material y cotidiana.

Quizá por eso esta visita se me quedó tan dentro. Porque en Staley-Wise no sentí una separación nítida entre la sala y la trastienda, entre lo que se muestra y lo que sostiene lo mostrado. Y ahí, entre fotografías de una elegancia impecable y rincones de trabajo ordenado, apareció algo que me interesa cada vez más: comprender que detrás de toda imagen memorable hay siempre una disciplina silenciosa, una arquitectura del cuidado, una forma de respeto.

SoHo, archivo y deseo

Estar en Nueva York ya tenía para mí una carga emocional evidente. Pero estar en SoHo, entrando en un edificio discreto para subir a una galería especializada en fotografía, y encontrar allí una exposición de Demarchelier, añadió a ese viaje una capa más íntima. No fue un momento fanático ni reverencial. Fue algo más preciso: el reconocimiento de un lenguaje que me ha acompañado durante años y la alegría de poder mirarlo de cerca, en un lugar que también hablaba el idioma del archivo, del orden y de la permanencia.

Recuerdo la visita por la atmósfera completa: las fotografías, el espacio que las guardaba y el modo en que respiraban. Staley-Wise me mostró una manera de cuidar la imagen para que pueda durar.