Juan Gatti, o el raro privilegio de entrar en un universo total

Hay artistas cuya obra conoces antes de conocer realmente su nombre. Con Juan Gatti pasa algo así. Su imaginario ha estado durante décadas dentro de la cultura visual española e internacional, pero casi siempre desde un lugar discreto, lateral, sin aspaviento. Sus carteles para Pedro Almodóvar, su trabajo editorial, sus retratos, su diseño gráfico y su dirección de arte forman parte de un paisaje que muchos reconocen, aunque no siempre sepan situar del todo. Esa mezcla entre influencia enorme y presencia silenciosa es, precisamente, una de las cosas que más me interesan de él.

Recorrer la retrospectiva Contraluz en la Sala Canal de Isabel II fue entrar en esa dimensión completa. No solo en el diseñador o en el fotógrafo, sino en una mente visual total. La muestra reunía una nueva serie fotográfica en blanco y negro y, al mismo tiempo, un recorrido por tres décadas de trabajo aplicadas al cine, la moda, la música y la imagen. Era una exposición grande, ambiciosa y, sobre todo, muy generosa con el visitante.

"Un creador que nunca necesitó levantar la voz"

Lo que siempre me ha impresionado de Juan Gatti es que su importancia no procede del ruido, sino del nivel. Es uno de esos creadores que, mires por donde mires, sostiene el peso de varias disciplinas a la vez sin que ninguna parezca impostada. Fotografía, diseño, dirección de arte, universo editorial, lenguaje de marca, cultura visual. En él todo parece formar parte de una misma conversación.

Su paso por Vogue Italia a finales de los ochenta confirmó esa dimensión internacional y sofisticada de su mirada. Más tarde, el diseño y maquetación de varios libros de Peter Lindbergh terminó de situarlo, para mí, en un lugar casi inalcanzable de coherencia visual: no hablamos solo de maquetar un libro, sino de construir un objeto con alma, una pieza que esté a la altura del fotógrafo que contiene. También ahí Gatti aparece como alguien capaz de transformar el soporte en obra.

Pero quizá lo más singular de su caso sea otra cosa. Que una figura tan decisiva siga manteniendo un perfil casi tímido, casi esquivo. En un tiempo obsesionado con la exposición, él siempre me ha parecido lo contrario: alguien que prefiere que la obra haga su trabajo sola. Yo me lo he encontrado varias veces por Madrid y esa impresión siempre ha sido la misma. Ninguna voluntad de protagonismo. Ningún gesto de personaje. Más bien una elegancia extraña, muy poco frecuente, la de quien sabe perfectamente lo que ha hecho y no necesita subrayarlo.

Por eso aquella exposición tenía algo tan valioso. Porque permitía ver de una vez el alcance real de su mundo. Los carteles, los retratos, las portadas, las colaboraciones con cineastas, músicos, diseñadores y marcas no aparecían como piezas sueltas, sino como capítulos de una sensibilidad muy precisa. Una sensibilidad capaz de ser sofisticada sin enfriarse, culta sin volverse distante, bellísima sin caer en el decorado. RTVE recogía una frase que me parece reveladora: Gatti deseaba que el público saliera emocionado, con “piel de pollo”. Me parece una forma muy exacta de entender su trabajo. No busca deslumbrar de manera vacía. Busca producir una emoción visual verdadera.

"Madrid, a la altura"

También sentí algo muy simple al salir de allí: gratitud. Gratitud por haber podido ver en Madrid una retrospectiva de ese nivel dedicada a un creador tan decisivo y, al mismo tiempo, tan poco obvio. A veces da la sensación de que ciertas figuras quedan demasiado encapsuladas en el reconocimiento del sector. Contraluz hacía justamente lo contrario: abría su obra, la ordenaba, la expandía y permitía entender que Juan Gatti no es solo un gran nombre del diseño o de la fotografía, sino uno de esos raros autores que han ayudado a definir una época visual entera.

Y eso, cuando ocurre, no se olvida. Porque más allá de las obras concretas, lo que uno se lleva es la experiencia de haber estado delante de una mirada total. Una de esas miradas que no solo hacen imágenes, sino que enseñan a mirar.