Lo que siempre me ha impresionado de Juan Gatti es que su importancia no procede del ruido, sino del nivel. Es uno de esos creadores que, mires por donde mires, sostiene el peso de varias disciplinas a la vez sin que ninguna parezca impostada. Fotografía, diseño, dirección de arte, universo editorial, lenguaje de marca, cultura visual. En él todo parece formar parte de una misma conversación.
Su paso por Vogue Italia a finales de los ochenta confirmó esa dimensión internacional y sofisticada de su mirada. Más tarde, el diseño y maquetación de varios libros de Peter Lindbergh terminó de situarlo, para mí, en un lugar casi inalcanzable de coherencia visual: no hablamos solo de maquetar un libro, sino de construir un objeto con alma, una pieza que esté a la altura del fotógrafo que contiene. También ahí Gatti aparece como alguien capaz de transformar el soporte en obra.
Pero quizá lo más singular de su caso sea otra cosa. Que una figura tan decisiva siga manteniendo un perfil casi tímido, casi esquivo. En un tiempo obsesionado con la exposición, él siempre me ha parecido lo contrario: alguien que prefiere que la obra haga su trabajo sola. Yo me lo he encontrado varias veces por Madrid y esa impresión siempre ha sido la misma. Ninguna voluntad de protagonismo. Ningún gesto de personaje. Más bien una elegancia extraña, muy poco frecuente, la de quien sabe perfectamente lo que ha hecho y no necesita subrayarlo.
Por eso aquella exposición tenía algo tan valioso. Porque permitía ver de una vez el alcance real de su mundo. Los carteles, los retratos, las portadas, las colaboraciones con cineastas, músicos, diseñadores y marcas no aparecían como piezas sueltas, sino como capítulos de una sensibilidad muy precisa. Una sensibilidad capaz de ser sofisticada sin enfriarse, culta sin volverse distante, bellísima sin caer en el decorado. RTVE recogía una frase que me parece reveladora: Gatti deseaba que el público saliera emocionado, con “piel de pollo”. Me parece una forma muy exacta de entender su trabajo. No busca deslumbrar de manera vacía. Busca producir una emoción visual verdadera.