Lo mejor de aquella exposición no era solo ver las imágenes terminadas, sino entrar en el mecanismo interno de su universo. No se trataba simplemente de colgar fotografías en una pared, sino de mostrar cómo nace una mirada así. Estaban las piezas de atrezzo, los objetos construidos para las sesiones, las maquetas, los elementos escultóricos, los cuadernos de bocetos, las ideas todavía en estado casi primario antes de convertirse en producción editorial. Todo eso hacía visible algo poco frecuente: que, en su caso, la fotografía empieza mucho antes del disparo.
Tim Walker no construye escenas como quien embellece una imagen. Construye mundos. Y ahí está probablemente su singularidad. Sus fotografías no responden solo a una dirección de arte brillante, sino a una forma de imaginar muy concreta, casi indomable, que transforma una ocurrencia en relato visual. Por eso el título Story Teller le encajaba tan bien. Más que fotógrafo de moda, siempre me ha parecido un narrador que utiliza la moda, el decorado, el gesto y la luz como materiales para fabular.
No es un lenguaje que yo sienta cercano a mi propia manera de mirar o de hacer imágenes. Mi sensibilidad va por otro lugar. Pero precisamente por eso me interesa. Porque cuando una voz es realmente propia, no necesita parecerse a la tuya para imponerse con claridad. Y la de Tim Walker lo hace. En España, hay autores que en algunos momentos pueden recordar esa pulsión escenográfica, pero en él hay una mezcla muy rara de sofisticación, delirio y juego que resulta difícil de confundir.
De aquella visita me quedó también el recuerdo del libro: grande, rotundo, casi más objeto de colección que simple catálogo. Y quizá esa sea la mejor forma de resumir aquella muestra. No como una exposición de fotografías, sino como la entrada completa en una mente extraordinariamente libre.