Quizá por eso lo recuerdo con tanta claridad. Mostrar aquella invitación en la entrada, que me dejaran pasar, y de pronto verme dentro de una sala llena de gente, vino en las copas y fotografías que formaban parte de una memoria visual muy reconocible para mí, tuvo algo de pequeño acceso secreto. La exposición reunía 27 fotografías inéditas de algunas de las grandes modelos de los noventa, y en las paredes aparecía esa belleza limpia, sensual y directa con la que Demarchelier ayudó a definir una parte esencial del imaginario de la moda.
Recorrí la muestra despacio, con mucha atención, deteniéndome en imágenes que sentía cercanas no porque fueran mías, sino porque habían acompañado durante años mi educación visual. Estaban allí, enmarcadas, silenciosas, con toda la autoridad de lo que ya pertenece a una historia mayor. También estaba ese otro lado inevitable: los precios, completamente fuera del alcance de un coleccionista como yo, pero aun así fascinantes como parte del ritual. En una inauguración así no solo se miran obras; se mira también el ecosistema que las rodea, el tipo de público, la energía, los códigos. Y en medio de todo eso, encontrarme con alguien como Cecilia Bönström terminó de confirmar que aquella noche no era una visita más, sino una de esas escenas parisinas que uno guarda completas, con su luz, su temperatura y su ritmo.
No fue una experiencia transformadora ni necesitaba serlo. Fue algo más preciso: una recarga. Un momento de inspiración serena en mitad del viaje, una forma de volver a recordar por qué ciertas imágenes permanecen, por qué ciertos fotógrafos siguen abriendo puertas mucho después de haber hecho su trabajo.