Mario Testino o el arte de convertir la imagen en acontecimiento

Hubo un momento en el que Mario Testino estaba en todas partes. En los libros que uno quería tener, en las campañas que parecían más grandes que la propia moda, en las exposiciones concebidas como un evento total. No era solo la fotografía. Era la sensación de que todo a su alrededor —la producción, la puesta en escena, los making of, los libros, la web, la manera de mostrarse al mundo— formaba parte de una misma obra.

Cuando visité su exposición en el Museo Thyssen de Madrid, esa impresión volvió a aparecer con claridad. Todo o Nada, presentada allí entre septiembre de 2010 y enero de 2011, reunía 54 imágenes y confirmaba algo que ya se intuía desde fuera: Testino no solo hacía fotografías; sabía construir presencia.

Una maquinaria visual perfectamente engrasada

De Mario Testino me interesó pronto algo que iba más allá de sus imágenes. Me interesó cómo entendía el oficio también como lenguaje público. Cómo convertía cada producción en una celebración visible. Cómo lograba que su trabajo circulara con una fuerza enorme gracias a la calidad de las fotografías y a todo lo que las envolvía.

En aquella época, ver sus making of o los vídeos de sus exposiciones era casi una experiencia paralela a la obra. No era tan habitual encontrar esa manera de narrar el proceso, de enseñar el detrás de cámara como parte de un imaginario aspiracional, sofisticado y perfectamente articulado. Testino parecía disfrutar de ese lugar con naturalidad. Había en él una dimensión comercial evidente y también una intuición afinada para entender que, en fotografía, la imagen continúa en su puesta en circulación.

Su universo tenía además una monumentalidad muy particular. Grandes producciones, libros muy cuidados, sistemas de comunicación impecables, una energía expansiva que hacía que cada proyecto pareciera más grande que su formato. Recuerdo su vínculo con Kate Moss, y también aquel gran libro de coleccionista firmado que pude comprar hace años, guardado en una caja roja, y que con el tiempo se ha convertido casi en una pieza de archivo. Ese tipo de objetos explican bien una parte de su magnetismo: Testino no solo producía fotografías deseables, producía también deseo alrededor de ellas.

Su estilo, tan pulido, tan perfecto, nunca fue una referencia directa para mí en términos de lenguaje visual. No era ahí donde encontraba mi lugar. Pero sí me interesó mucho como figura. Como personaje total. Como alguien que entendió antes que muchos que un fotógrafo podía ser también un constructor de mundo.

Visto con distancia, lo más singular era su capacidad para firmar imágenes reconocibles y convertir la práctica en una escena completa: obra, relato, presencia, objeto y espectáculo.

Mario Testino ocupa un lugar concreto dentro de la cultura visual de aquellos años como encarnación de un éxito visible, expansivo y muy bien producido. Convirtió la fotografía en lenguaje y acontecimiento a la vez, aunque nunca fuera una referencia íntima para mí.