De Mario Testino me interesó pronto algo que iba más allá de sus imágenes. Me interesó cómo entendía el oficio también como lenguaje público. Cómo convertía cada producción en una celebración visible. Cómo lograba que su trabajo circulara con una fuerza enorme gracias a la calidad de las fotografías y a todo lo que las envolvía.
En aquella época, ver sus making of o los vídeos de sus exposiciones era casi una experiencia paralela a la obra. No era tan habitual encontrar esa manera de narrar el proceso, de enseñar el detrás de cámara como parte de un imaginario aspiracional, sofisticado y perfectamente articulado. Testino parecía disfrutar de ese lugar con naturalidad. Había en él una dimensión comercial evidente y también una intuición afinada para entender que, en fotografía, la imagen continúa en su puesta en circulación.
Su universo tenía además una monumentalidad muy particular. Grandes producciones, libros muy cuidados, sistemas de comunicación impecables, una energía expansiva que hacía que cada proyecto pareciera más grande que su formato. Recuerdo su vínculo con Kate Moss, y también aquel gran libro de coleccionista firmado que pude comprar hace años, guardado en una caja roja, y que con el tiempo se ha convertido casi en una pieza de archivo. Ese tipo de objetos explican bien una parte de su magnetismo: Testino no solo producía fotografías deseables, producía también deseo alrededor de ellas.
Su estilo, tan pulido, tan perfecto, nunca fue una referencia directa para mí en términos de lenguaje visual. No era ahí donde encontraba mi lugar. Pero sí me interesó mucho como figura. Como personaje total. Como alguien que entendió antes que muchos que un fotógrafo podía ser también un constructor de mundo.