La visita, además, tenía una coincidencia perfecta. Dentro me esperaba Andy Warhol. La muestra abordaba el territorio de Warhol que más me interesa: su relación con la fotografía, el retrato y la serie, y su capacidad de convertir la imagen en documento, personaje, objeto y mito. La exposición Andy Warhol: Photo Factory se presentó en Fotografiska New York entre septiembre de 2021 y febrero de 2022 y reunía más de 120 imágenes, entre Polaroids, foto-tiras, gelatin silver prints y stitched photographs, planteadas como una entrada directa en su universo visual y en la órbita de The Factory.
Yo había llegado a Warhol muchos años antes, en aquella etapa de investigación intensa en la que empecé a construir mi colección y a absorber todo lo que encontraba sobre ciertos artistas, ciertos espacios y ciertas formas de mirar. En Warhol me interesaban la obra y el sistema. Me fascinaban The Factory, la gente que orbitaba a su alrededor, la dimensión cultural y social del lugar y su capacidad para convertir el retrato en lenguaje. Su método y su forma de producir presencia me inspiraban.
La exposición me interesó por una afinidad visual y mental muy clara, más que por una emoción sentimental. Sus Polaroids, en apariencia directas y simples, seguían conteniendo una manera de mirar muy poderosa. Y yo conectaba eso con mis propios proyectos fotográficos, con esa pulsión de retratar personas, de construir series, de buscar en el rostro algo más que una imagen bonita. Allí, en medio de Nueva York, dentro de un edificio que ya de por sí parecía una declaración de principios, Warhol volvía a recordarme que a veces una estética también es una estructura de pensamiento.