ANNROY, Rankin y la arquitectura de una fotografía sin complejos

Hubo un momento en el que Rankin aparecía una y otra vez en cualquier mapa serio de la fotografía de moda y retrato hecho desde Londres. No solo por las imágenes, sino por todo lo que construyó alrededor de ellas: revistas, libros, lenguaje visual, sistema propio. Cofundó Dazed & Confused en 1991, lanzó Rank en 2000 y más tarde impulsó Hunger, una manera muy clara de no depender del filtro de otros para existir culturalmente. Su trabajo ha sido descrito como brillante, pulido, hipervisual, incluso hiperperfecto.

Visitar ANNROY era, en ese sentido, ver esa lógica convertida en edificio. En Kentish Town, Rankin desarrolló en 2009 un volumen contemporáneo diseñado por Trevor Horne Architects que integraba estudio fotográfico y galería, con oficinas en la primera planta y apartamentos en las superiores. Hasta el nombre tenía algo íntimo y construido a la vez: ANNROY nacía de los nombres de sus padres.

"Un fotógrafo que convirtió su método en territorio"

Lo interesante de Rankin nunca fue solo la celebridad de sus retratados, aunque la lista sea incontestable. Lo verdaderamente potente era la sensación de estar ante alguien que había entendido que un fotógrafo también podía diseñar su propio ecosistema. No solo hacer imágenes, sino decidir dónde se muestran, cómo se editan, en qué revistas circulan, en qué libros permanecen y bajo qué estética se recuerdan. Ahí estaba su inteligencia. Más que buscar legitimación, construyó plataforma.

En mi caso, el impacto fue sobre todo técnico y visual. Durante una etapa de investigación muy intensa sobre fotógrafos y fotografía de moda, Rankin fue uno de esos nombres que empujaban a probar. Su uso del flash anular, ese destello frontal tan reconocible, el acabado retocado, la piel tensada hacia una perfección casi gráfica, los retratos directos, rotundos, sin timidez. Todo eso me llevó a experimentar, a comprar mi propio ring flash, a salir a hacer retratos, a mirar sus making of, a estudiar cómo disparaba y cómo convertía una sesión en una declaración de estilo. Aquí no me interesa tanto mitificarlo como reconocer algo más simple: hubo un tiempo en que su manera de trabajar abrió posibilidades concretas en la mía.

Por eso ANNROY tenía tanta fuerza. No era únicamente una sede. Era la materialización de una idea muy precisa de lo que podía ser una vida dedicada a la imagen: galería propia, librería, plató, equipo, estructura. Un edificio donde la fotografía no ocupaba una habitación, sino que organizaba un sistema entero. Incluso su expansión a Los Ángeles, con una galería en Melrose Avenue en 2011, respondía a esa misma ambición de convertir la obra en espacio y el espacio en marca cultural. No he podido confirmar con suficiente solidez cuánto tiempo se mantuvo aquel proyecto en Los Ángeles, así que prefiero no afirmarlo más allá de su apertura.

"Más allá del retrato"

Con los años, a Rankin se le puede haber seguido más o menos de cerca, pero al volver a mirarlo sigue apareciendo la misma consistencia: una mezcla de retrato, moda, edición y estrategia visual que rara vez fue inocente. Sus exposiciones recientes en ANNROY demuestran además que sigue usando ese espacio como laboratorio vivo, no como monumento a una época pasada.

Visto desde hoy, ANNROY interesaba casi tanto como las propias fotografías. Porque hablaba de una intuición que sigue siendo válida: cuando un autor entiende de verdad su universo, acaba necesitando construirle una casa.