Lo interesante de Rankin nunca fue solo la celebridad de sus retratados, aunque la lista sea incontestable. Lo verdaderamente potente era la sensación de estar ante alguien que había entendido que un fotógrafo también podía diseñar su propio ecosistema. No solo hacer imágenes, sino decidir dónde se muestran, cómo se editan, en qué revistas circulan, en qué libros permanecen y bajo qué estética se recuerdan. Ahí estaba su inteligencia. Más que buscar legitimación, construyó plataforma.
En mi caso, el impacto fue sobre todo técnico y visual. Durante una etapa de investigación muy intensa sobre fotógrafos y fotografía de moda, Rankin fue uno de esos nombres que empujaban a probar. Su uso del flash anular, ese destello frontal tan reconocible, el acabado retocado, la piel tensada hacia una perfección casi gráfica, los retratos directos, rotundos, sin timidez. Todo eso me llevó a experimentar, a comprar mi propio ring flash, a salir a hacer retratos, a mirar sus making of, a estudiar cómo disparaba y cómo convertía una sesión en una declaración de estilo. Aquí no me interesa tanto mitificarlo como reconocer algo más simple: hubo un tiempo en que su manera de trabajar abrió posibilidades concretas en la mía.
Por eso ANNROY tenía tanta fuerza. No era únicamente una sede. Era la materialización de una idea muy precisa de lo que podía ser una vida dedicada a la imagen: galería propia, librería, plató, equipo, estructura. Un edificio donde la fotografía no ocupaba una habitación, sino que organizaba un sistema entero. Incluso su expansión a Los Ángeles, con una galería en Melrose Avenue en 2011, respondía a esa misma ambición de convertir la obra en espacio y el espacio en marca cultural. No he podido confirmar con suficiente solidez cuánto tiempo se mantuvo aquel proyecto en Los Ángeles, así que prefiero no afirmarlo más allá de su apertura.