Desde entonces no dejamos de encontrarnos, aunque no siempre fuera de manera visible. A veces era a través de una llamada. Otras, en ARCO, en Madrid, en una inauguración compartida, en un envío, en una imagen recibida en el momento exacto. La relación con Luisa ha tenido siempre esa condición extraña y preciosa de algunas amistades profundas: no necesitan frecuencia para sostener intensidad.
Su obra me ha acompañado en distintos momentos de vida. A veces como inspiración, otras como refugio, otras como una forma de conciencia. Frente a sus piezas he sentido muchas veces una pausa física, una claridad súbita. Ver una obra suya, recibir una fotografía del proceso o convivir con ella en casa cambia mi ritmo y mi atención.
Por eso la visita a su estudio en Palma no fue una anécdota. Fue la materialización de algo mucho más antiguo. Habíamos colaborado muchas veces. Una de las más importantes fue dentro de Miradas, el proyecto que desarrollamos en IMILOA junto a varias mujeres artistas. La propuesta parecía sencilla: cada artista debía interpretar desde su lenguaje los valores de la marca, con libertad frente al encargo comercial. Luisa respondió con un universo completo, mucho más amplio que una solución puntual.
Recuerdo aquella serie como una conmoción. No había imposiciones de formato, cantidad ni dirección estética cerrada. Solo libertad. Y ella devolvió esa libertad convertida en un cuerpo de obra intenso, generoso, radicalmente vivo. Creo que fueron unas veinte piezas, en distintos formatos y técnicas, acompañadas además por una documentación del proceso que para mí era casi tan valiosa como el resultado final. Porque ahí es donde suele ocurrir lo decisivo: en la forma en que una intuición empieza a tomar materia.
Cuando Claudia y yo viajamos a Palma para verla, coincidiendo con una producción fotográfica que teníamos allí, entendí algo que quizá ya sabía pero aún no había vivido de ese modo. Claudia estaba embarazada. Había emoción, cansancio, belleza, espera. Y dentro de aquel estudio todo parecía ordenado por una lógica distinta: la de la obra, la del tiempo lento, la del pensamiento convertido en gesto. Luisa nos mostró las piezas, las pruebas, las decisiones, el porqué de cada desplazamiento. Todo estaba colocado con una claridad casi ritual, pero sin rigidez. Había verdad, y la verdad siempre ordena sin necesidad de imponerse.
A veces hablo, medio en broma y medio en serio, del síndrome de Stendhal. En aquel estudio se reunían muchas de mis pasiones: el arte, la imagen, la materia, el proceso y la sensibilidad estética. Sentí una sobrecarga de belleza y sentido, y también el reconocimiento de una sensibilidad cercana.