Durante estos años he visitado varias veces el estudio de Carlos García, algunas acompañado y otras solo. Cada visita ha sido distinta, pero siempre he encontrado un lugar de trabajo real: la creación ocurre allí sin decorado ni preparación para el visitante.
Su estudio, en un bajo de Gijón alejado del centro, es uno de esos espacios que me han marcado de verdad. Hay en él una intensidad muy poco común. La intensidad procede de la suma: las paredes cargadas, las piezas apoyadas unas contra otras en un caos resuelto, el suelo manchado de materia, los materiales y las esculturas en proceso. Allí se ven los resultados y también el pensamiento en estado físico. Todo parece colocado desde una lógica interna que no necesita explicarse. Nada sobra. Nada posa. Todo vive.
He tenido la suerte de llegar allí en momentos distintos, incluso cuando estaba trabajando en piezas o proyectos que todavía no habían salido a la luz. Y quizá por eso cada visita ha tenido algo de privilegio. Además de la fuerza visual del espacio, recuerdo la calidad de lo que ocurre dentro. Con Carlos, la conversación entra pronto en asuntos importantes y rara vez se queda en la cortesía. Siempre recuerdo la música clásica de fondo, la calma, el nivel de intimidad, el gusto por detenerse de verdad en lo importante.
Después de aquella primera obra, vinieron otras. Algunas compradas. Otras regaladas por él con esa generosidad delicada que también forma parte de su manera de estar. Sus piezas me han acompañado en distintos espacios de trabajo, en distintas casas, en distintos momentos de mi vida. Y eso hace que entrar en su estudio no sea nunca una simple visita. Es entrar, una vez más, en una fuente de belleza que para mí también ha sido sostén.