En el estudio de Carlos García, donde la materia también abraza

Mi relación con el arte no empezó de golpe. Fue llegando poco a poco, casi en silencio, a través de la fotografía, de los viajes y de la necesidad de mirar con más atención. A principios de los años 2000, mientras mi vida profesional empezaba a tomar forma, yo también empecé a entrar en galerías con una frecuencia cada vez mayor. En Gijón, en Madrid, en París, en Berlín. A veces siguiendo la pista de grandes fotógrafos. Otras, simplemente dejándome llevar por esa intuición que aparece cuando uno todavía no sabe exactamente qué busca, pero ya reconoce que lo necesita.

En una de aquellas visitas a una pequeña galería de Gijón apareció Carlos García. Yo no lo conocía. No tenía referencias suyas ni contexto previo. Solo recuerdo el impacto. Una obra de formato medio, enmarcada con una presencia sobria y rotunda, me dejó completamente enganchado. De esas veces en las que una pieza se impone sobre todas las demás y ya no se te va de la cabeza.

Aquel fue el comienzo. Primero llegó la obra. Después, con el tiempo, llegó el artista. Y después, algo todavía más raro y más valioso: la amistad.

"Un lugar al que siempre quiero volver"

Durante todos estos años he visitado varias veces el estudio de Carlos García. Algunas acompañado. Otras solo. Y aunque cada visita ha tenido su propia energía, todas comparten algo difícil de explicar con precisión: la sensación de entrar en un lugar donde la creación no está decorada ni preparada para ser mostrada, sino que simplemente sucede.

Su estudio, en un bajo de Gijón alejado del centro, es uno de esos espacios que me han marcado de verdad. Hay en él una intensidad muy poco común. Una especie de vibración silenciosa que no depende solo de las obras, sino de la suma de todo: las paredes cargadas, las piezas apoyadas unas contra otras en un caos perfectamente resuelto, el suelo manchado de materia, los materiales de trabajo, las esculturas en proceso, la sensación de estar viendo no solo resultados, sino pensamiento en estado físico. Todo parece colocado desde una lógica interna que no necesita explicarse. Nada sobra. Nada posa. Todo vive.

He tenido la suerte de llegar allí en momentos distintos, incluso cuando estaba trabajando en piezas o proyectos que todavía no habían salido a la luz. Y quizá por eso cada visita ha tenido algo de privilegio. Pero lo que más permanece no es solo la fuerza visual del espacio, sino la calidad de lo que ocurre dentro. Con Carlos, la conversación siempre va a un lugar profundo. No es una conversación ligera ni de cortesía. Es de esas pocas que ensanchan el tiempo y lo vuelven más verdadero. Siempre recuerdo la música clásica de fondo, la calma, el nivel de intimidad, el gusto por detenerse de verdad en lo importante.

Después de aquella primera obra, vinieron otras. Algunas compradas. Otras regaladas por él con esa generosidad delicada que también forma parte de su manera de estar. Sus piezas me han acompañado en distintos espacios de trabajo, en distintas casas, en distintos momentos de mi vida. Y eso hace que entrar en su estudio no sea nunca una simple visita. Es entrar, una vez más, en una fuente de belleza que para mí también ha sido sostén.

"El arte cuando también cuida"

A veces se habla del arte como algo que se contempla. En mi caso, hay obras y artistas que además acompañan. Que sostienen. Que ordenan algo por dentro sin necesidad de explicarlo.

Eso es lo que me ocurre con Carlos García desde hace muchos años. Su obra me emociona, pero también me centra. Y su estudio, con toda esa mezcla de intensidad, desorden preciso, materia viva y conversación honda, se ha convertido para mí en uno de esos lugares a los que siempre quiero volver cuanto antes.

No por nostalgia. No por costumbre. Sino porque hay espacios que, de una forma extraña y muy hermosa, nos recuerdan quiénes somos cuando miramos de verdad.