Con los años entendí que mi relación con el trabajo de Bèla excedía la admiración estética. Su mirada permanecía conmigo después de cerrar el libro o salir de una exposición. Algunas imágenes volvieron en momentos muy distintos de mi vida, y esa continuidad terminó siendo parte de la obra para mí.
Siempre le he dicho, medio en serio y medio sonriendo, que es nuestra Annie Leibovitz. Pero incluso esa comparación se queda corta a veces, porque lo que yo he sentido con muchas de sus imágenes no tiene tanto que ver con la escala o con la fama como con la intensidad. Algunas de sus fotografías me han provocado exactamente eso que el arte, cuando aparece de verdad, puede provocar: una alteración interior, una especie de vértigo sereno, ese pequeño desorden del alma que te recuerda que sigues vivo. No me ocurre con muchas obras. Pero cuando me ocurre, lo sé. Y con Bèla me ha pasado muchas veces.
Sus imágenes me han acompañado en momentos buenos y también en etapas difíciles. En esos periodos, convivir con ciertas obras y mirarlas una y otra vez ha sido una compañía real. La obra de Bèla ha ocupado ese lugar en mi vida: una presencia cercana que me devuelve a la belleza cuando más la necesito.
En ese universo hay además una figura que ha sido fundamental para mí: Edita. Primero apareció como musa de Bèla en aquellas imágenes tempranas que me fascinaron. Con el tiempo, Edita se convirtió también en un icono íntimo dentro de mi imaginario. He visto a Bèla fotografiarla durante años, acompañando su transformación sin perder el misterio inicial. Esa continuidad, presente en campañas, obras personales y tiempo compartido, siempre me ha conmovido. No era solo una modelo delante de una cámara. Era una historia visual en marcha. Una complicidad. Una forma de construir belleza desde la continuidad, desde la confianza, desde algo que se parecía mucho a la fidelidad creativa.
Creo que también por eso sentí durante años la necesidad casi física de tener sus obras cerca. De convivir con ellas. De incorporarlas a mi colección, a mis espacios, a mi vida. Recuerdo la primera fotografía que le compré, una imagen de Kate Moss que conservo como una pequeña reliquia personal. No fue una compra sin más. Fue una confirmación. La manera de decirme a mí mismo que aquello que me había acompañado por dentro durante tanto tiempo podía también ocupar un lugar tangible en mi mundo.
Mi acercamiento a Bèla tuvo algo de devoción, algo de estrategia inocente y mucho de admiración verdadera. Hubo inauguraciones, visitas, mensajes, encuentros buscados con el deseo limpio de acercarme a alguien cuya obra ya significaba mucho para mí. Y poco a poco llegó la relación real, la cercanía, la confianza, el intercambio. Hasta que un día me invitó a su casa.
Entrar allí superó la imagen que había construido durante años. A veces un espacio idealizado se encoge al conocerlo; la casa de Bèla ganó escala, materia y emoción cuando la recorrí. Todo estaba allí como yo lo había soñado y, al mismo tiempo, mejor. Las obras apoyadas, los objetos encontrados, la mezcla de memoria, intuición, cultura visual y vida real. El estudio integrado en la casa, la casa integrada en la obra. Nada impostado. Nada congelado. Todo vivo. Todo habitado.
Lo que más me impresionó fue la coherencia del conjunto, por encima de la belleza aislada de cada rincón o pieza. Ese lugar contenía, de una manera muy precisa, muchas de las cosas que más me han importado siempre: fotografía, arte, diseño, carácter, rareza, memoria, sensibilidad, colección, familia, tiempo. No era solo una casa. Era una forma de estar en el mundo. Y entrar en ella fue, para mí, entrar en uno de esos pocos lugares que no solo admiras: reconoces.