En casa de Bèla Adler, el lugar al que llegué mucho antes de entrar

Mucho antes de cruzar la puerta de casa de Bèla Adler, su universo ya formaba parte de mi vida.

Mi encuentro con Bèla empezó muchos años antes de conocerla. Comenzó con una imagen que entonces no sabía cuánto iba a acompañarme. A mediados de los años 2000, cuando empecé a tomarme la fotografía con una ambición más seria, más consciente, yo buscaba referencias con una intensidad casi obsesiva. Venía de otra relación con la imagen, más ligada al surf, al viaje, al movimiento, pero empezaba a entrar en el territorio de la moda, la publicidad y el retrato con verdadera vocación. Compraba libros, revistas, entrevistas, todo lo que pudiera acercarme a quienes habían convertido la fotografía en una forma de lenguaje y de destino.

Y entonces apareció ella. Bèla Adler. O, mejor dicho, apareció un mundo entero.

Recuerdo la impresión de aquella revista de interiorismo donde vi por primera vez su casa-estudio junto a Salvador Fresneda. Las fotografías, la luz, los muebles y los objetos mostraban una vida creativa extendida por cada rincón. La reacción fue inmediata y más intensa que la admiración habitual: quise saber quién estaba detrás de ese mundo.

Guardé aquel reportaje y seguí la pista de Bèla durante años.

Cuando una obra también te sostiene

Con los años entendí que mi relación con el trabajo de Bèla excedía la admiración estética. Su mirada permanecía conmigo después de cerrar el libro o salir de una exposición. Algunas imágenes volvieron en momentos muy distintos de mi vida, y esa continuidad terminó siendo parte de la obra para mí.

Siempre le he dicho, medio en serio y medio sonriendo, que es nuestra Annie Leibovitz. Pero incluso esa comparación se queda corta a veces, porque lo que yo he sentido con muchas de sus imágenes no tiene tanto que ver con la escala o con la fama como con la intensidad. Algunas de sus fotografías me han provocado exactamente eso que el arte, cuando aparece de verdad, puede provocar: una alteración interior, una especie de vértigo sereno, ese pequeño desorden del alma que te recuerda que sigues vivo. No me ocurre con muchas obras. Pero cuando me ocurre, lo sé. Y con Bèla me ha pasado muchas veces.

Sus imágenes me han acompañado en momentos buenos y también en etapas difíciles. En esos periodos, convivir con ciertas obras y mirarlas una y otra vez ha sido una compañía real. La obra de Bèla ha ocupado ese lugar en mi vida: una presencia cercana que me devuelve a la belleza cuando más la necesito.

En ese universo hay además una figura que ha sido fundamental para mí: Edita. Primero apareció como musa de Bèla en aquellas imágenes tempranas que me fascinaron. Con el tiempo, Edita se convirtió también en un icono íntimo dentro de mi imaginario. He visto a Bèla fotografiarla durante años, acompañando su transformación sin perder el misterio inicial. Esa continuidad, presente en campañas, obras personales y tiempo compartido, siempre me ha conmovido. No era solo una modelo delante de una cámara. Era una historia visual en marcha. Una complicidad. Una forma de construir belleza desde la continuidad, desde la confianza, desde algo que se parecía mucho a la fidelidad creativa.

Creo que también por eso sentí durante años la necesidad casi física de tener sus obras cerca. De convivir con ellas. De incorporarlas a mi colección, a mis espacios, a mi vida. Recuerdo la primera fotografía que le compré, una imagen de Kate Moss que conservo como una pequeña reliquia personal. No fue una compra sin más. Fue una confirmación. La manera de decirme a mí mismo que aquello que me había acompañado por dentro durante tanto tiempo podía también ocupar un lugar tangible en mi mundo.

Mi acercamiento a Bèla tuvo algo de devoción, algo de estrategia inocente y mucho de admiración verdadera. Hubo inauguraciones, visitas, mensajes, encuentros buscados con el deseo limpio de acercarme a alguien cuya obra ya significaba mucho para mí. Y poco a poco llegó la relación real, la cercanía, la confianza, el intercambio. Hasta que un día me invitó a su casa.

Entrar allí superó la imagen que había construido durante años. A veces un espacio idealizado se encoge al conocerlo; la casa de Bèla ganó escala, materia y emoción cuando la recorrí. Todo estaba allí como yo lo había soñado y, al mismo tiempo, mejor. Las obras apoyadas, los objetos encontrados, la mezcla de memoria, intuición, cultura visual y vida real. El estudio integrado en la casa, la casa integrada en la obra. Nada impostado. Nada congelado. Todo vivo. Todo habitado.

Lo que más me impresionó fue la coherencia del conjunto, por encima de la belleza aislada de cada rincón o pieza. Ese lugar contenía, de una manera muy precisa, muchas de las cosas que más me han importado siempre: fotografía, arte, diseño, carácter, rareza, memoria, sensibilidad, colección, familia, tiempo. No era solo una casa. Era una forma de estar en el mundo. Y entrar en ella fue, para mí, entrar en uno de esos pocos lugares que no solo admiras: reconoces.

Algunas casas también salvan

En las fotografías de esta última visita hay algo que para mí tiene un valor especial. Ese día fui a recoger unas obras vinculadas a Miradas, el proyecto que compartimos, y verla moverlas, enseñármelas, ordenarlas sobre la mesa, fue mucho más que una escena hermosa. Era la prueba silenciosa de que ciertos sueños, aunque tarden años, encuentran su forma. Mi proyecto cruzándose con su mirada. Su obra entrando en mi colección. Todo eso queda ahora guardado en The Collector como archivo, patrimonio y parte de mi historia.

Bèla y su universo no ocupan mucho espacio en mi vida cotidiana, pero sí un lugar importante en mi memoria y en mi colección. No necesitamos una continuidad forzada. Aparecemos, desaparecemos, volvemos a encontrarnos. Y quizá por eso cada visita conserva intacta su intensidad. Nunca se vuelve costumbre. Nunca pierde temperatura.

Sigo entrando en su casa con emoción, gratitud y asombro. Miro cada objeto, las obras apoyadas y la mesa donde Bèla ordena las piezas de Miradas. Algunas de sus fotografías llevan años acompañándome; esa continuidad explica mejor que cualquier frase el lugar que ocupan en mi vida.