Lo primero que me impresionó fue el orden, más que un objeto concreto. Un orden riguroso que afinaba la mirada sin enfriar el espacio. El mármol, el hormigón, el vidrio, la luz blanca suspendida sobre las mesas, los vinilos, los libros, las fotografías en gran formato. Nada estaba desbordado. Nada quería demostrar demasiado. Incluso el lujo parecía contenido, educado, sostenido por una idea clara de proporción. En otros espacios culturales que también me fascinan hay algo más descolocado, más impulsivo, más libre en apariencia. Aquí no. Aquí todo responde a una disciplina visual que, precisamente por eso, resulta tan seductora.
Me gustó comprobar que Saint Laurent utiliza el arte como lenguaje. En Babylone, la firma convierte sus afinidades en programa, más allá del escaparate refinado. Exposiciones, ediciones especiales, firmas de libros y encuentros han ido construyendo allí una agenda que mezcla artistas, fotógrafos y figuras muy cercanas al universo de la casa. En 2024, por ejemplo, el espacio acogió firmas y presentaciones con nombres como Linda Evangelista, Kate Moss junto a Mario Sorrenti o Zoë Kravitz, además de distintas exposiciones y lanzamientos editoriales.