Barcelona Batega, o la ciudad donde mi ambición creativa aprendió a mirar

Barcelona se incorporó a mi biografía desde las primeras visitas. La descubrí hace veinticinco años, en los primeros tiempos de Mediadvanced, cuando viajar allí formaba parte del trabajo y, casi sin darme cuenta, también empezó a formar parte de mi educación sentimental.

Me atrajeron su escala cosmopolita y una mezcla de orden, energía y cuidado que entonces me impresionaba. Todo parecía pensado: un hotel, una tienda, una cafetería, una galería o una pequeña marca tenían detrás una intención visual y una manera de entender el detalle, la imagen y el relato. Yo vivía fascinado por la comunicación, la publicidad, la fotografía y el diseño; Barcelona era un estímulo constante.

Quizá por eso ese “Barcelona Batega” se me quedó dentro mucho más allá de la campaña. Como una forma de nombrar algo que yo sentía de verdad al caminarla.

La ciudad que me enseñó otra escala

Durante mucho tiempo, Barcelona representó para mí una forma de ambición creativa, más amplia que el éxito o la pertenencia a una escena sofisticada. Allí entendí que los proyectos podían construirse con rigor y sensibilidad, y que la estética también era una forma de pensamiento.

Por eso algunos lugares se quedaron conmigo mucho más allá de la visita. La Fundación Tàpies, por ejemplo, siempre fue uno de ellos. Volver ahora y comprobar que su universo mantiene la misma intensidad me produjo una clara sensación de continuidad. La referencia seguía allí; quien había cambiado era yo.

También me ocurre con Casa Bonay. Siempre he sentido Casa Bonay como un hotel y, a la vez, como un proyecto convertido en atmósfera, lenguaje e identidad. A lo largo de los años me fui acercando a sus distintas capas, guardando materiales, catálogos, imágenes, recuerdos. En cierto modo, también ha sido una referencia silenciosa para la parte más ambiciosa de The Collector, esa que imagina no solo un espacio, sino un mundo.

Y luego están esas escenas que no caben del todo en una cronología, pero sí en una memoria. Recuerdo ver a Bèla Adler trabajando dentro de Inmaculada Concepción, retocando fotografías en su propio espacio, y sentir que estaba contemplando algo mucho más importante que una tienda o un proyecto bonito. Era una manera de vivir el trabajo creativo desde dentro, con una naturalidad que entonces me parecía casi inalcanzable y que aún hoy sigo considerando valiosa.

Menos deslumbramiento, más verdad

Hoy Barcelona ya no me deslumbra como cuando tenía veintitantos. Y, sin embargo, quizá ahora me interesa más. La miro con menos ansiedad y con más conciencia. Ya no necesito idealizarla para reconocer lo que me ha dado.

Sigue siendo una ciudad que me inspira de una forma más tranquila y reflexiva. Hoy la miro como un espejo donde todavía reconozco una parte viva de mi ambición creativa. Esa ambición no ha desaparecido; ha cambiado de temperatura.

Barcelona, al menos para mí, sigue "bategant". No tanto como mito. Más bien como pulso.