Durante mucho tiempo, Barcelona representó para mí una forma de ambición creativa. No hablo solo de éxito ni de la fantasía de formar parte de una escena más sofisticada que la mía, sino de una manera de estar en el mundo. Allí entendí que los proyectos podían construirse con rigor y, al mismo tiempo, con sensibilidad. Que la estética no era un adorno, sino una forma de pensamiento.
Por eso algunos lugares se quedaron conmigo mucho más allá de la visita. La Fundación Tàpies, por ejemplo, siempre fue uno de ellos. Volver ahora y comprobar que su universo sigue sosteniendo la misma intensidad me produjo algo difícil de nombrar: no exactamente nostalgia, sino una especie de continuidad interior. Como si ciertas referencias no envejecieran, sino que simplemente esperaran a que uno regrese distinto.
También me ocurre con Casa Bonay. Nunca la he sentido solo como un hotel, sino como uno de esos espacios donde pasan cosas y donde un proyecto se convierte en atmósfera, lenguaje e identidad. A lo largo de los años me fui acercando a sus distintas capas, guardando materiales, catálogos, imágenes, recuerdos. En cierto modo, también ha sido una referencia silenciosa para la parte más ambiciosa de The Collector, esa que imagina no solo un espacio, sino un mundo.
Y luego están esas escenas que no caben del todo en una cronología, pero sí en una memoria. Recuerdo ver a Bela Adler trabajando dentro de Inmaculada Concepción, retocando fotografías en su propio espacio, y sentir que estaba contemplando algo mucho más importante que una tienda o un proyecto bonito. Era una manera de vivir el trabajo creativo desde dentro, con una naturalidad que entonces me parecía casi inalcanzable y que aún hoy sigo considerando valiosa.