En algunos viajes a Londres busqué una forma de hacer, más que una exposición concreta. Visité Michael Hoppen Gallery dos veces para entender de cerca un proyecto que ya era referencia dentro de la fotografía londinense. La galería abrió en 1992 y nació, precisamente, desde una pasión muy clara por la fotografía, algo que se percibe incluso antes de leerlo en ningún texto oficial.
Me atrajeron la obra y todo lo que la sostenía. La fachada de ladrillo, la entrada casi discreta, la señalética, los paneles informativos, las listas de precios, la manera de ordenar el silencio. Me interesaba observar cómo un proyecto de este nivel construía su identidad más allá de las piezas expuestas. Igual que me ocurrió con otros espacios en aquellos años, yo no miraba solo la galería: miraba también su sistema visual, su educación estética, su manera de comunicar sin estridencias.