Siempre me llamó la atención la distancia entre Helmut Newton y sus fotografías. En algunos autores, la manera de hablar, vestir o moverse parece continuar la energía de su obra. Con Newton yo percibía una distancia. Al contrario. Cuando empecé a leer sobre su vida, y más tarde cuando vi imágenes suyas ya mayor, encontraba a un hombre casi entrañable, incluso sereno, muy lejos de la violencia elegante, el riesgo sexual y la teatralidad desafiante de muchas de sus imágenes.
Quizá por eso me interesó tanto. Porque detrás de aquella apariencia había una imaginación radical. Una forma de mirar capaz de construir escenas cinematográficas, tensas, ambiguas, a veces incómodas, siempre reconocibles. Mujeres con poder, distancia y un erotismo afirmativo, ajeno a la necesidad de agradar. Fotografías que parecían venir de un lugar muy libre, pero también muy preciso. Nada había en ellas de improvisación ingenua. Todo era intención, control, puesta en escena.
La fundación me permitió comprender la magnitud real de esa trayectoria. Junto a las imágenes icónicas estaban el archivo, los carteles, las publicaciones y la huella de su estudio. Ese conjunto mostraba una vida entera dedicada a construir un lenguaje propio: un universo completo, con mucha más amplitud que una sucesión de buenas fotografías.
Poco después de volver de aquel viaje me compré la edición pequeña del Sumo de Taschen. No sentí la necesidad de tener la gran edición de coleccionista, como sí me pasó con otros fotógrafos, pero sí quise llevarme esa obra a casa. Tenerla cerca. Volver a ella de vez en cuando. Como quien conserva una conversación importante.