En mi recuerdo, una de las grandes virtudes de aquella exposición estaba en la unidad del conjunto. Las imágenes, en su mayoría en blanco y negro y realizadas por Lagerfeld con estilismo de Roitfeld, partían de una premisa aparentemente simple: la misma chaqueta como punto de partida, reinterpretada una y otra vez. Chanel presentó el proyecto como una relectura de esa prenda emblemática, y en Londres se mostró en Saatchi Gallery con más de cien fotografías, muchas de ellas instaladas con una limpieza casi editorial, sin marco y con ese borde blanco que les daba respiración y sistema al mismo tiempo.
Eso fue, para mí, una lección. No solo por la fuerza de las imágenes, sino por la forma de exponerlas. La fotografía dejaba de apoyarse en el artificio del marco para ganar inmediatez, ritmo y modernidad. La pared se convertía casi en página. El libro de la exposición, que compré aquel día y sigo guardando con cariño, prolongaba esa misma sensación: no era un simple catálogo, sino una extensión física del proyecto, un objeto pensado con el mismo cuidado que las imágenes, con un papel y una presencia que reforzaban su condición de pieza editorial. El volumen fue publicado por Steidl y más tarde ampliado en una edición actualizada, algo que confirma que no fue una acción efímera, sino un proyecto con verdadera vocación de permanencia.
Con el tiempo entendí que aquella visita me había dejado más que un recuerdo bonito. Me dejó una estructura mental. Parte de mis propios proyectos fotográficos nacen también de ahí: de la idea de que una sola prenda puede convertirse en dispositivo narrativo, en sistema visual, en archivo emocional. Años después, cuando imaginé para IMILOA un proyecto alrededor de una camisa blanca fotografiada sobre distintas mujeres, seguía dialogando, de algún modo, con aquella exposición vista en Londres. No como copia, sino como resonancia. Porque algunas muestras no solo se visitan: se quedan trabajando dentro de uno.