Conozco la obra de Helmut Newton desde hace muchos años, desde aquella etapa en la que empecé a investigar de forma obsesiva la fotografía de moda. Fue uno de los primeros nombres que apareció y, sobre todo, uno de los primeros que me descolocó de verdad. Había en sus imágenes algo que no se parecía a nada: una elegancia radical, una tensión sexual evidente, una manera de mirar a la mujer que nunca buscaba ser cómoda. Newton convirtió la moda en teatro, en confrontación, en símbolo de poder. Su obra sigue siendo incómoda para algunos, y quizá precisamente por eso sigue tan viva. La propia Helmut Newton Foundation lo define como un creador audaz, provocador y decisivo en la historia de la imagen contemporánea.
En A Coruña todo eso estaba muy bien sostenido. La exposición me devolvió, además, al recuerdo de mi visita a Berlín trece años antes, a la Helmut Newton Foundation, donde el universo del fotógrafo aparecía desplegado con una densidad casi íntima. Allí recuerdo especialmente esa sensación de entrar no solo en una obra, sino en una atmósfera, casi en una forma de vida. En la MOP no estaba esa recreación tan minuciosa de lo personal, pero sí había muros enteros, carteles, imágenes y conjuntos visuales que me llevaron directamente a aquel primer impacto berlinés.
También volvió a impresionarme el propio contenedor. El centro de la fundación, levantado en antiguos silos y una nave industrial rehabilitada en el puerto de A Coruña, tiene algo rotundo y sereno a la vez. Esa arquitectura áspera, abierta al mar, hace que la fotografía entre allí con una presencia casi física. Y en esta segunda visita percibí incluso mejoras en zonas como la cafetería, pequeños gestos que refuerzan la idea de que detrás de todo hay una cabeza muy clara y un equipo que entiende que la experiencia también se diseña.