Click, Nueva York: cuando una librería y una galería caben en un mismo deseo

Durante años, Click fue para mí uno de esos lugares que existen mucho antes de pisarlos. Lo había conocido a través de imágenes, redes y rastros digitales, en una etapa en la que yo estaba profundamente volcado en el desarrollo de mi propia galería y en esa mezcla, tan mía, entre arte, fotografía y libros. Ya entonces me atrapó todo: el nombre, la identidad, la manera de presentarse como bookstore and gallery, esa fórmula sencilla y a la vez tan poderosa que parecía reunir, sin esfuerzo, varias de mis obsesiones en un solo gesto.

Por eso encontrarlo físicamente en Nueva York tuvo algo de confirmación íntima. Después de tantos años mirándolo desde lejos, entrar por fin en ese espacio fue reconocer una atmósfera que ya había habitado antes en la imaginación. No era solo una tienda, ni solo una galería, ni solo una librería. Era una de esas combinaciones que, cuando están bien hechas, te recuerdan que todavía hay lugares capaces de ordenar la sensibilidad. Clic nació en 2008 de la mano de Christiane Celle y comenzó precisamente como bookstore y gallery, antes de evolucionar hacia un espacio curado de fotografía, libros, hogar, moda y objetos.

"Un espacio donde todo conversa"

La visita formó parte de uno de esos recorridos que más me interesan en una ciudad como Nueva York: ir enlazando espacios que no se visitan solo por consumo, sino por criterio, por inspiración, por necesidad casi profesional y emocional de seguir viendo cómo otros han sabido construir un mundo propio. Click fue una parada más dentro de ese mapa personal, pero no una cualquiera. Había en sus escaparates, en sus obras, en sus libros y en sus objetos una forma de editar la realidad que conectaba de lleno con mi manera de mirar.

Me interesó precisamente eso: que todo parecía convivir sin fricción. La fotografía no estaba aislada del mobiliario ni de los libros. Los libros no funcionaban como un complemento decorativo. Los objetos no intentaban robar protagonismo al arte. Todo formaba parte de una escena común, de un lenguaje compartido. Esa es una cualidad mucho más difícil de lograr de lo que parece, porque exige contención, gusto y una sensibilidad muy clara sobre lo que merece estar junto a qué.

Quizá por eso me llamó tanto la atención desde el principio. En Clic, ese cruce entre arte contemporáneo, fotografía, libros y objetos curados no es accidental, sino parte de su ADN, algo que el propio proyecto ha ido consolidando desde sus inicios hasta convertirse en una concept space reconocida por esa mezcla de disciplinas. Y eso, para alguien como yo, que siempre ha sentido que las fronteras entre galería, librería, estudio y concept store son mucho más porosas de lo que parecen, tiene un valor enorme.

Recuerdo caminar por el espacio fotografiando con el móvil detalles muy concretos: soluciones corporativas, ciertas obras, algunas piezas gráficas, libros que reconocía, composiciones que confirmaban intuiciones antiguas. También esa sensación tan particular de ver en directo imágenes de fotógrafos a los que ya había seguido durante años, como Antoine Verglas, cuya obra forma parte de ese imaginario sofisticado, sensual y editorial que tanto me ha interesado siempre. Verglas, además, ha estado vinculado al universo de Clic, que comparte con Christiane Celle una historia previa en Calypso St. Barth. Más que descubrir algo completamente nuevo, lo que sentí fue el placer raro de comprobar que una intuición de años tenía cuerpo real.

"La belleza cuando encuentra forma"

Hay lugares que se visitan y lugares que, en el fondo, se estudian. Click fue para mí un poco ambas cosas. Lo disfruté como visitante, pero también lo observé como quien busca entender por qué ciertas mezclas funcionan y otras no. Y la respuesta, casi siempre, está en algo difícil de copiar: el criterio.

Tal vez por eso salí de allí con una sensación serena, casi agradecida. La de haber podido entrar, por fin, en un espacio que durante mucho tiempo había sido referencia lejana. A veces la inspiración digital se disuelve cuando se vuelve física. Aquí ocurrió lo contrario: el lugar confirmó la promesa. Y eso, en una ciudad saturada de estímulos, no es poco.