La visita formó parte de uno de esos recorridos que más me interesan en una ciudad como Nueva York: ir enlazando espacios que no se visitan solo por consumo, sino por criterio, por inspiración, por necesidad casi profesional y emocional de seguir viendo cómo otros han sabido construir un mundo propio. Click fue una parada más dentro de ese mapa personal, pero no una cualquiera. Había en sus escaparates, en sus obras, en sus libros y en sus objetos una forma de editar la realidad que conectaba de lleno con mi manera de mirar.
Me interesó precisamente eso: que todo parecía convivir sin fricción. La fotografía no estaba aislada del mobiliario ni de los libros. Los libros no funcionaban como un complemento decorativo. Los objetos no intentaban robar protagonismo al arte. Todo formaba parte de una escena común, de un lenguaje compartido. Esa es una cualidad mucho más difícil de lograr de lo que parece, porque exige contención, gusto y una sensibilidad muy clara sobre lo que merece estar junto a qué.
Quizá por eso me llamó tanto la atención desde el principio. En Clic, ese cruce entre arte contemporáneo, fotografía, libros y objetos curados no es accidental, sino parte de su ADN, algo que el propio proyecto ha ido consolidando desde sus inicios hasta convertirse en una concept space reconocida por esa mezcla de disciplinas. Y eso, para alguien como yo, que siempre ha sentido que las fronteras entre galería, librería, estudio y concept store son mucho más porosas de lo que parecen, tiene un valor enorme.
Recuerdo caminar por el espacio fotografiando con el móvil detalles muy concretos: soluciones corporativas, ciertas obras, algunas piezas gráficas, libros que reconocía, composiciones que confirmaban intuiciones antiguas. También esa sensación tan particular de ver en directo imágenes de fotógrafos a los que ya había seguido durante años, como Antoine Verglas, cuya obra forma parte de ese imaginario sofisticado, sensual y editorial que tanto me ha interesado siempre. Verglas, además, ha estado vinculado al universo de Clic, que comparte con Christiane Celle una historia previa en Calypso St. Barth. Más que descubrir algo completamente nuevo, lo que sentí fue el placer raro de comprobar que una intuición de años tenía cuerpo real.